Arlex Gómez: Es tanto el amor que siento por Paraná que quiero que mis hijos crezcan aquí

Arlex Gómez: Es tanto el amor que siento por Paraná que quiero que mis hijos crezcan aquí

Arlex Gómez es venezolano y reside desde hace siete años en la ciudad. La búsqueda de una mejor calidad de vida lo trajo desde su país natal hacia Paraná, el lugar donde perdió todo y desde donde pudo rehacer, junto a su familia, su vida desde cero. Arlex tiene 28 años. Nació en el Táchira,

Arlex Gómez es venezolano y reside desde hace siete años en la ciudad. La búsqueda de una mejor calidad de vida lo trajo desde su país natal hacia Paraná, el lugar donde perdió todo y desde donde pudo rehacer, junto a su familia, su vida desde cero.

Arlex tiene 28 años. Nació en el Táchira, Venezuela, y llegó a la capital provincial de pura casualidad. Una vez instalado, compartió residencia con dos amigos que de un momento hacia otro le robaron todas sus pertenencias. Su esfuerzo fue motivo de confianza para un matrimonio que lo acompañó y lo ayudó a salir adelante económicamente. Su mujer y su hija del corazón se instalaron luego junto a él y un tiempo después nació su bebé. El oficio de panadero le permitió crecer hasta llegar a estar al frente de “Lapan”, una reconocida confitería de Paraná. Junto a su esposa administran un grupo de whatsapp que reúne a todos los exiliados de Venezuela que eligieron a la ciudad como lugar para rehacer sus vidas.

¿Cómo era la vida en tu país?

Ayudaba a mi padre en su cafetín donde vendía empanadas, masato, que es una bebida a base de crema de arroz, y papelón con limón o agua de parella con limón y azúcar de mascabo prensada. Los ayudaba y estudiaba en la secundaria en aquel momento. En mi tiempo libre jugaba al pool con un grupo de amigos, al salir del colegio. Llegué a participar en un torneo zonal y mis padres iban a verme jugar, pero mi madre quería que yo tomará otro rumbo y me consiguió trabajo en una panadería. Recuerdo las palabras que le dije a mi mamá y hoy pienso que estuvieron erradas. Pensaba que en algún momento me iba a dar vergüenza que me dijeran que era panadero, porque buscaba ser reconocido por algo más que eso. Con el tiempo si faltaba uno, por ejemplo, el que manejaba los hornos, iba yo. Me enseñaron y fui aprendiendo. Luego empecé a trabajar como maestro panadero en otro lugar y en varias ocasiones el maestro de mi primer trabajo me guió por teléfono. Ahí estuve seis meses con gente a mi cargo y coordinando el equipo. Nunca estudié, siempre aprendí trabajando. Buscaba crecer y a todo lo que veía trataba de mejorarlo, creando mis propias recetas o versiones personalizadas de recetas clásicas.

¿Cómo surge la idea de irte de Venezuela?

En realidad, yo quería unas vacaciones. Trabajé durante tres años con un colombiano y el trabajo era muy fuerte. Imaginate que yo solo tenía que hacer diez sacos de harina por día, sin máquinas y todo batido a mano. El lugar era chico y el calor era muy insoportable. Un día decidí que me iba a tomar vacaciones en un lugar donde hiciera frío y hubiera nieve y decidí irme para Bariloche. Había unos amigos viviendo acá, una de ellas colombiana y el otro un venezolano amigo de la infancia con quien nos criamos juntos en el barrio. Me vine por un mes y medio, nunca pensé en quedarme. De hecho, ya llevo siete años viviendo en Argentina y nunca conocí Bariloche.

¿Qué pasó en el medio?

Ocurrió que esos dos amigos me dejaron sin nada, pero eso me permitió conocer gente muy cálida acá que me tendió una mano. Miguel Salomone y su esposa me recibieron en su local para que los ayudara a hacer pan y me fueron apuntalando en ese volver a empezar. Con una parte de mi ganancia me iban comprando una levadura o un kilo de sal y después me dieron toda la materia prima para que yo arrancara solo. Ahí empecé a vender pan en los locales o puerta a puerta. Para ese entonces, que fue cuando me quitaron todo, habían llegado mi hija y mi señora. Verdaderamente no podía dejar de salir a trabajar para que nuestra hija pudiera comer. En el camino conocí mucha gente que entendió lo que me pasó y me tendió una mano. Trabajé en “Ortiz” con muy buenos compañeros y seguí al lado de Miguel y su esposa, quienes me alquilaban y me prestaban las maquinas, luego se las compré. Desde hace siete años trabajo en “Lapan”. En estos años que lo conozco a Ricardo Anichini, su dueño, él me brindó cariño y confianza, primero al dejarme encargado de un lugar como “Ortiz” y hoy siendo parte de este proyecto que compartimos desde cero. Todo esto que ves acá está armado con mucho corazón y a pulmón. Lo hicimos nosotros al mobiliario y todo. Pasamos días aquí antes de abrir, viniendo a pintar y haciendo todo con nuestro toque personal. Esto es una gran familia, trabajamos en equipo. Es tanto el amor que siento por Paraná que quiero que mis hijos que crezcan aquí. Es el lugar donde volví a nacer.

¿Cómo llegaste a Paraná?

Buscábamos abrir un negocio con mis conocidos. Durante los fines de semana recorríamos distintos lugares de la provincia y a Paraná lo vi de pasada un fin de semana, yendo a Rosario. Al regresar nos quedamos acá un par de días y nos encantó la ciudad por su tranquilidad y su belleza.

¿De dónde creés que sacaste la entereza y la fuerza para sostener la situación?

Mis padres me enseñaron muy bien a trabajar, sobre todo él ha sido siempre muy guerrero. Yo vengo de una familia muy humilde y aprendí a hacer aún en situaciones difíciles. Las comunicaciones que mantenía con mi madre eran disimulando todo, ella nunca se enteró de mis lágrimas. No quería que se preocupara. Mi señora tenía su pasaje de vuelta a los tres meses y cuando le pedí que se fuera lo rompió, porque no me iba a dejar. Yo trabajaba veinte horas por día y si bien estaba acostumbrado me cansaba demasiado. Hoy seguimos juntos, con nuestra hija de siete años y nuestro bebé de diez meses.

Mirando hacia atrás, ¿elegirías volver a estar acá, con todo lo que eso implicó?

Si, ¡no cambiaría nada de lo que pasó! Más allá de que haya sido tan difícil, y aunque eso haga ruido, siempre saqué lo bueno y nunca miré lo malo. Tuve rencor y mucha bronca hacia las personas que me pagaron mal, pero hoy en día si los veo les agradezco. Si no hubiera sido por ellos, no estaría acá. Espero de corazón que les vaya bien.

¿Qué diferencias encontrás en nuestras costumbres con respecto a las de tu país?

¡El mate! A eso lo vi rarísimo desde que llegué porque en Venezuela no existe. Cuando lo probé me pareció horrible, pero hoy en día tomo amargo. Sobre la forma de vivir me encantó la tranquilidad que hay y la calidad de vida que tienen ustedes, lo amables que son. Desde allá uno ve otra cosa, se los ve hechon, como les decimos a los agrandados que miran desde arriba y se creen más que los demás… ¡pero no es así!  Hoy en día tenemos una comunidad, somos 60 venezolanos que estamos acá en Paraná. Tenemos un grupo de whatsapp en el que estamos todos.

¿Cómo surge esa comunidad? ¿Cómo se encontraron?

Conocimos a uno, le pedimos el número y ese encontró a otro que conocía a otro y así… Hoy en día ya sabemos de familiares que van a llegar, se los agrega y se los asiste, orientándolos en el tema de papeles y trámites. El que llega no vuelve, por la situación del país. Es muy feo lo que se está viviendo allá. Cada quince días hacemos un encuentro, y como todos somos de distintos lados de Venezuela cada uno lleva lo que es de su zona. Por ejemplo, yo soy de Táchira, que está en la frontera con Colombia, y lo típico de allí es el pan andino, que solamente se hace ahí. Ese día que estamos juntos es un día que estás allá. Cuando a través del grupo nos enteramos que alguien tiene necesidades, la ayuda es inmediata con pañales, comida, ropa o lo que sea. La idea es ayudarnos como comunidad. Todos venimos por un mismo problema que es el gobierno, la falta de alimentos y todo lo que ya se sabe.

¿Cuál es la última imagen que tenés de Venezuela?

La última es la que se recuerda todos los días. Más allá de que ahora hay videollamadas y ves a tus familiares, es la de mi familia despidiéndome en la terminal. Todavía me pega. Nunca pensé en no volverlos a ver, no volverlos a abrazar, no compartir con ellos tantas fechas importantes.

¿Qué futuro te imaginás?

Quiero seguir para adelante, tengo muchos proyectos. Lo mío es mejorar siempre y en cuanto a la panificación me gustaría poder trabajar con masas madres y fermentaciones naturales que son más saludables para el ser humano.  Uno es lo que come, entonces mientras uno más sano coma va a vivir mucho más y con mejor calidad de vida. En casa tengo plantas aromáticas y de todo un poco. Quiero inculcar a mis hijos que tengan su propia huerta y que mantengan una alimentación sana y saludable.

 

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